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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Paisaxe e literatura

Fotograma do filme El bosque animado, sentirás su magia

É un clásico falar de paisaxe e literatura. Moitas son as autoras e os autores que convertiron a paisaxe en protagonista das súas obras. Aquí tes unha escolma que non ningún criterio de selección.
Wenceslao Fernández Flórez escribiu un precioso libro, El bosque animado, que comeza cunha descrición sobre a fraga de Cecebre, hoxe moi reducida en extensión pola acción do ser humano:
“La fraga es un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra; en sus cuevas se hunde; en sus cerros se eleva, en sus llanos se iguala. Es toda vida: una legua, dos leguas de vida entretejida, cardada, sin agujeros, como una manta fuerte y nueva, de tanto espesor como el que puede medirse desde lo hondo de la guarida del raposo hasta la punta del pino más alto. ¡Señor, si no veis que vida en torno! Donde fijáis vuestra mirada divisáis ramas estremecidas, troncos recios, verdor: donde fijáis vuestro pie dobláis hierbas que después procuran reincorporarse con el apocado esfuerzo doloroso de hombrecillos desriñonados; donde llevéis vuestra presencia habrá un sobresalto más o menos perceptible de seres que huyen entre el follaje, de alimañas que se refugian en el tojal, de insectos que se deslizan entre vuestros zapatos, con la prisa de todas sus patitas entorpecidas por los obstáculos de aquella selva virgen que para ellos representan los musgos, las zarzas, los brezos, los helechos. El corazón de la tierra siente sobre sí este hervor y este abrigo, y se regocija” (Wenceslao Fernández Flórez, El bosque animado, Madrid, Espasa Calpe, 1995, páx. 39)
O cineasta José Luis Cuerda dirixiu en 1987 unha bonita película, El bosque animado, inspirada na novela e que recibiu cinco Goyas; o libro volveu ser levado ao cine, en banda deseñada, por Ángel de la Cruz e Manolo Gómez (2001), cinta que obtivo dous premios Goya: El bosque animado, sentirás su magia.
Rosalía de Castro escribiu moitos poemas nos que manifestou a súa relación coa súa paisaxe. Adiós ríos é un deles, musicado polo cantautor berciano Amancio Prada:
Adiós ríos, adiós fontes
Adiós ríos, adiós fontes
adiós, regatos pequenos;
adiós, vista dos meus ollos,
non sei cándo nos veremos.
Miña terra, miña terra,
terra donde m’eu criei,
hortiña que quero tanto,
figueiriñas que prantei.
Prados, ríos, arboredas,
pinares que move o vento,
paxariños piadores,
Muiño dos castañares,
noites craras do luar,
campaniñas timbradoiras
da igrexiña do lugar.
 Se visualizas este programa dedicado á poesía paisaxística, escoitarás a outro dos máis importantes poetas galegos, Uxío Novoneyra, que cantou a O Caurel no seu libros Os eidos (1959):
Terra moura das montañas!
boa terra que das auga
e teis auga nas entrañas

 Falamos constantemente da diversidade como un dos sinais de identidade da Península Ibérica. Diversidade en todos os aspectos, tamén na paisaxe. Fronte a descrición que os escritores fan da paisaxe galega, Juan Goytisolo fala da almeriense nestes termos:
“Un centenar de metros más lejos, los cortijos comieznan a esparcirse. A las huertas embardadas suceden los alijares y las ramblas arenosas y desérticas. La vegetación se reduce a su expresión más mínima: chumberas, pitas, algún que otro olivo retorcido y enano. A la derecha, la llanura se extiende hasta los médanos del golfo, difuminada por la calina. Los atajos rastrean el pedregal y se pierden entre las zarzas y matorrales, chamuscados y espinosos. Las nubes coronan las sierras del Cabo de Gata. En el horizonte, el mar es sólo una franja de plomo derretido” (Juan Goytisolo, Campos de Níjar, 1959).

jueves, 23 de abril de 2015

Juan Goytisolo


Con motivo da concesión a Juan Goytisolo do Premio Cervantes, limos na clase este texto do autor de Señas de identidad:
Juan Goytisolo, “La destrucción del paisaje”, elpais.com, 10.08.2014
Para quien haya conocido la costa mediterránea española de hace medio siglo viajar hoy día por ella es presenciar una feria de horrores y un involuntario ejercicio de masoquismo. ¿Qué queda de las playas cercanas a la audaz incursión marítima de Peñíscola, de la orografía rocosa de Altea, de la suave manga de arena del mar Menor de Murcia?
Recuerdo mis visitas a ésta cuando el único edificio existente en ella era un pequeño pabellón de recreo situado junto a la gola y los pescadores sólo podían acceder a la zona de mayor riqueza piscícola una vez al año, en el día fijado por el cacique de aquel impoluto lago que imitaba a Franco con traje y gorra blancos, erguido en la cubierta de su pequeño yate.
La necesaria transformación de nuestras anticuadas estructuras económicas a fin de procurar una vida digna a sus habitantes se llevó a cabo con disparatada premura. El culto al hormigón y al dinero fácil unido a la falta de planes de desarrollo sostenible adaptados a la configuración del paisaje y a la incultura de los promotores y de la clase política asociada a ellos cuajaron en un agobiador panorama de ladrillo y una grotesca ostentación de nuevo rico. Se quemaron las etapas en una feroz arrebatiña de licencias de construcción dejando tras sí un erial de apartamentos vacíos y un horizonte de vacuidad desolada.
El efecto perverso de la machacona publicidad a toda página de una foto con la leyenda “Descubre la playa más solitaria del mundo” propició la invasión de esta por un tropel de curiosos ávidos de soledad. En vez de salvar lo que debía ser preservado en armonía con el progreso y bienestar de la población se destrozó el ámbito que la sustentaba con un fervor y denuedo dignos de mejor causa. La estrechez de miras, el señuelo del provecho inmediato, la perspectiva ilusoria de una prosperidad ininterrumpida acabaron con una España que debía cambiar pero no del modo insensato en el que se efectuó.
Hermosos pueblos de Andalucía, configurados con la delicada imbricación de las aldeas bereberes del Atlas, cedieron el paso al desastre urbanístico de Mijar o Mojácar con sus casas encaramadas unas sobre otras a fin de avistar el mar garantizado por los promotores en un amazacotado conjunto falto de gracia que alcanza las proporciones de una pertinaz pesadilla o espectacular adefesio.
Eramos pobres, nos soñamos ricos y al despertar del sueño descubrimos que somos pobres de nuevo y, como hace medio siglo, tenemos que buscarnos no ya los garbanzos sino el menú de los fast-food fuera de nuestras fronteras. A la autosatisfacción chovinista de los años de vacas gordas ha sucedido el desengaño y amargura provocados por la falta de futuro y el naufragio de nuestras previsiones y anhelos. Ni siquiera nos queda el refugio de volver al claustro materno de unos pueblos devastados por la barbarie inmobiliaria. Los parques naturales que sobreviven en las proximidades de la costa andaluza, de La Almoraina a Cabo de Gata, perduran de forma precaria. Los planes faraónicos permanecen al acecho de nuevas presas. Alcornocales, pinares y otros bosques centenarios corren el riesgo de ser barridos por un monstruo como el del hotel de Carboneras, un golf resort de 18 hoyos o un coto de caza para jeques del Golfo. (¿Para qué ir a masacrar elefantes a África si podemos traernos unos cuantos ejemplares a la Península y disparar heroicamente a su manso testuz en un cómodo safari sin correr el riesgo de una caída y rotura de cadera?). La prepotencia de los saqueadores campa a sus anchas y son recibidos como reyes por nuestros políticos (Barcelona y Madrid emularon noblemente en rendir tributo al Gran Casino de Las Vegas, el filántropo Adelson).
Lo elaborado pacientemente por nuestros agricultores y artesanos —los bancales cuidadosamente escalonados de la costa alicantina, las bellas alquerías almerienses— ha sido víctima del atropello por una seudomodernidad sin contenido estético alguno. Nada o casi nada del nuevo panorama arquitectónico de la oxidada Marca España está hecho para durar sino como ejemplo de estropicio y absurda grandilocuencia: Ciudades de las Artes sin arte y de las Ciencias sin ciencia, convertidas en una concha vacía como el cráneo del cerebro que las concibió.
Las generaciones venideras juzgarán como corresponde la codicia de unos y prepotencia de otros en su miope concepción de un progreso que se ha desvanecido como un espejismo a costa de la destrucción de un paisaje que permanece vivo en la memoria de los viejos pero que ya no se recuperará jamás.